Llega un pensamiento
envuelto entre seda y tinta,
correspondido con besos
que furtivamente acarician
la piel enardecida.
Se deslizan con sutil destreza,
para morder y absorber
los brotes prominentes ofrecidos
en el seno de su edénico vergel.
Allí es donde siembran
sensaciones lascivas,
consumiéndola en furor
que le sabe entre espasmos
a ignota ambrosía.

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