Bajo la bóveda de un fino dosel,
entre respiraciones secretas
y aromas de rosas
se gesta el fuego
que doblega tu guardia.
Ardes con el deliro de la fiebre
rogando porque las horas no mueran
y me vuelva en ti un eco constante
de agudo gemido.
Soy la espina que rasga
tus pétalos ávidos de primavera
los que rezuman perdidos en el goce infinito
cuando me dejas entrar,
y entonces nadie sabe
que palpito en las sombras de tu deseo,
el que me invoca latente
con la apetencia de serme.

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