sábado, febrero 21, 2026

El Baile por Sylvia.

Un conteo hacia atrás
con un baile por comenzar,
con el mar que viene y va,
con un vals pleno de sensualidad
con las dulces caricias
 que provocaron su vibrar.


Muchas gracias, Sylvia por animarte a entrar en Mi Baile.
Besos dulces.

EL BAILE DE DULCE: TRES, DOS, UNO...



Dulce nos invita a un baile para iniciar el año y allí que vamos. Más danzantes de las palabras en El Dulce susurro


Ella no curiosea el baile. Ella contempla el mar. 

No se decide a entrar entre el gentío, las copas y las risas. Percatándose de su indecisión el dulce caballero de la mansión se acerca lentamente y situándose tras ella acerca el rostro a su cuello. 
Ella imagina y cuenta la distancia entre el rostro del anfitrión y su piel... Tres milímetros, dos, uno... No lo sabe y tampoco se mueve para comprobarlo, sólo juega con la fantasía.

Él toma los dorsos de sus manos y enlazando sus dedos, las lleva sigilosamente a sus caderas, las desliza, descienden y ascienden queriendo iniciar un baile mientras  llegan a una meta imaginaria en su pecho, que no alcanza. 
Ella imagina y cuenta la distancia de nuevo... tres milímetros, dos, uno...

Detiene el primer contador cuando los labios rozan el primer tirante y lo acompañan hasta el abismo del hombro donde se desmorona en caida libre. El segundo contador se detiene súbitamente tras sentir el mapeo que los labios realizan desde el hombro hacia la nuca y notar la sigilosa aproximación al segundo tirante... tres milímetros, dos, uno...

Ella no curiosea el baile. Ella ya no contempla el mar...

© Sylvia.

jueves, febrero 19, 2026

El Baile por Maia II.

Con el deseo de complacer
preparó la cita para el después,
una reunión cómplice
de miradas, sonrisas, intenciones
y secretos compartidos
piel a piel.


Mi Gratitud Maia por estar en Mi Baile y en el después.
Besos dulces con cariño. 

EL DÍA DESPUÉS DEL BAILE.

Cayó la tarde, lo hizo suave, sin apenas darme cuenta, las horas con Él pasan sin notarlo. Preparé arroz blanco y pollo al horno, -sé que le gusta-; y al sacarlo del horno lo observé, solo que no vi un refractario con comida, allí había dedicación, cuidado, tiempo escuchando sus preferencias, quizás hasta un agradable recuerdo que enlazaba con ese platillo, también estaba el deseo de complacer, de hacerlo sentir especial. Lo dejé asentarse un poco sobre la barra y fui a buscarlo.

Me acerqué al jardín, desde la puerta pude observarlo, su cuerpo lánguido echado sobre la mecedora; y Gurrumino descansando tranquilo sobre su pecho. Es atractivo, es carismático, tiene una forma de mirar que me enreda y me hace notar lo especial que soy para Él, algo tiene que me hace ir con cuidado; y mientras más insiste, más se activa esa pulsión que me dice -no caigas, es peligroso-.

A punto de llamarlo a comer vibró su móvil, lo traía en la mano, como esperando algo, lo atendió de inmediato. Se levantó lento, tan suave que al hacerlo, fue desenredando capas de sí, se acercó a mí, no pude evitar recorrerlo con la mirada, es un hombre pausado pero salta como felino cuando siente que estoy bajando la guardia — Maia, cariño... y entonces lo vi, tenía esa expresión y mirada que ya me conocía de antaño, sabía que venía una mentira reforzada con una expresión de falsa resignación y molestia, me llamó... -no lo dejé terminar- coloqué mi dedo índice en sus labios y lo hice callar, descifrarlo es sencillo, — dime algo , ¿por qué mentir cuando puedes hacerme partícipe de tus secretos?, de conocerme bien, quizás te sorprenderías, Él sonrió aceptando el reto.

No se fue, las chicas llegaron minutos después, Saraí trajo una pasta vegana deliciosa, la reunión se sucedió alargándose hasta entrada la madrugada. En algún momento de la noche se cruzaron nuestras miradas, Él me veía con dedicación; yo a Él con admiración, — Que no te asuste, -me dijo bajito- es tan detallado, a veces me descoloca, siento que me lee; y lo que ve no le asusta, a mí sí, un poquito.

Para, DUICE.

© Maia.

martes, febrero 17, 2026

El Baile por Cléia II.

Con seguridad eligió
el íntimo encuentro
en la Habitación Violeta
donde fue presa sin oposición
del dulce susurro
de la sumisión.
Obrigado Cleía.
Beijos doces.


EL DULCE SUSURRO DE LA SUMISIÓN - Acto 1

La invitación llegó en papel grueso, perfumada de misterio. Sin firma. Solo la fecha, el lugar —un antiguo palacio a orillas de un lago negro como el terciopelo— y una sola instrucción escrita con firme caligrafía:

Ven con máscara. Confía en mí.

Ella supo que era de Él. Siempre lo supo.

Desde el momento en que aprendió a reconocer, en su propio cuerpo, ese suave escalofrío que pedía no defensa, sino rendición.

En la noche señalada, el palacio ardía con luces ámbar. Las lámparas de araña multiplicaban las sombras en las paredes doradas, y la música —lenta, casi indecente— serpenteaba entre columnas de mármol. Hombres y mujeres ocultaban sus rostros bajo máscaras ricamente adornadas, como si allí todos pudieran ser quienes realmente eran, libres del peso de sus nombres.

Entró vestida de seda oscura, con un escote discreto pero peligroso. La máscara le cubría los ojos, y esto la hacía aún más vulnerable... y más deseable.

Lo sintió antes de verlo.

Su presencia no necesitaba rostro. Era una orden silenciosa. Cuando su mano rozó la curva desnuda de su espalda, tembló, no de sorpresa, sino de reconocimiento.

"Por fin", murmuró cerca de su oído. Su voz era baja, segura, irresistible.

No le preguntó si quería bailar. Simplemente la guió.

Y ella lo hizo.

En el centro del salón, giraban lentamente, como si el mundo se hubiera ralentizado solo para ellos. Cada paso que Él guiaba era un recordatorio: allí, esa noche, no necesitaba decidir. Solo necesitaba sentir. Solo necesitaba obedecer la corriente invisible que la atraía hacia su interior.

La sumisión no era humillación para ella.

Era descanso.

Cuando deslizó los dedos por su muñeca, apretándola suavemente, el gesto fue suficiente para que ella comprendiera: no era posesión, era un pacto. Un acuerdo silencioso entre el deseo y la confianza. "Esta noche, eres mía", dijo, no como una amenaza, sino como una promesa.

Ella bajó la cabeza. Un gesto mínimo. Definitivo.

La habitación parecía respirar con ellos. Miradas curiosas, envidiosas, hambrientas. Pero nada los conmovía. La lujuria allí no era vulgar; era densa, casi sagrada. Un exceso elegante, un pecado revestido de oro.

La condujo a una habitación más pequeña y apartada, donde unas cortinas pesadas filtraban la luz y el silencio era denso. Le quitó la máscara con ceremoniosa delicadeza, como quien revela un antiguo secreto.

"¿Confías en mí?", preguntó.

Ella no respondió con palabras. Solo cerró los ojos.

Y fue en ese simple gesto que se entregó por completo, no a su cuerpo, sino al dominio que Él ejercía con calma, respeto y deseo contenido. Un dominio que no exigía solo llamaba.

Afuera, el baile continuaba.

Pero para ella, el mundo ya se había rendido. Y en esa dulce entrega, no encontró la pérdida de sí misma, sino la forma más intensa de libertad y lujuria.



EL DULCE SUSURRO DE LA SUMISIÓN — Acto 2

No la tocó de inmediato.

Y eso fue precisamente lo que la encendió.

La distancia entre ellos se convirtió en un espacio cargado de electricidad. La observó como quien contempla algo que ya le pertenece, pero decide saborearlo lentamente. Cada segundo prolongado era una orden silenciosa, y ella sintió que su cuerpo respondía incluso antes que su mente.

"Quítate los guantes", dijo en voz baja, casi demasiado íntimo para ser una orden... y, sin embargo, imposible de ignorar.

Ella obedeció.

El sonido de la seda deslizándose entre sus dedos parecía demasiado fuerte en ese espacio cerrado. Cuando sus manos quedaron desnudas, también se sintió despojada de defensas invisibles.

Se acercó lo suficiente para que ella sintiera la calidez de su cuerpo, sin la comodidad del contacto. Se inclinó y su aliento rozó su cuello, lento, consciente.

"La sumisión", murmuró, "comienza cuando aceptas ser vista en tu totalidad".

Ella tembló. No por miedo.

Sino por verdad.

Le levantó la barbilla con un dedo, obligándola a sostenerle la mirada. No había prisa, ni brutalidad. Solo un control sereno, de esos que no necesitan demostrar fuerza.

"Aquí", continuó, "no perteneces al salón de baile, ni a las máscaras, ni a las miradas curiosas. Perteneces a la sensación de permitirte".

Sintió el dulce peso de esas palabras asentarse en su interior. No como una imposición, sino como el reconocimiento de algo que siempre había estado ahí, esperando permiso para florecer.

Cuando finalmente la tocó, fue mínimo: una mano firme en su cintura, acercándola. El gesto no buscaba el cuerpo, buscaba la rendición. Y llegó, natural, inevitable.

Apoyó la frente contra su pecho, en silencio.

Ese pequeño gesto era su invisible arrodillamiento.

A lo lejos, la música comenzó de nuevo, más lenta, más grave. El baile continuó. La lujuria latía en los pasillos, en miradas ocultas, en cuerpos rozándose bajo máscaras doradas.

Pero allí, en ese espacio cerrado, la verdadera seducción no estaba en el exceso, sino en el control.
En el placer contenido.
En la decisión consciente de rendirse.

Se inclinó de nuevo, ahora cerca de su oído:

"Esta noche, aprenderás que la sumisión no es debilidad..."

"...es confianza elevada al deseo."

Cerró los ojos.

Y sonrió.

Porque, por fin, comprendió:

No la estaban tomando.

La estaba abrazando el mismo abismo que siempre había querido explorar.

La envolvió en un abrazo lento y profundo, donde el mundo pareció suspendido. No fue necesario ningún otro gesto. El baile, las máscaras, el lujo: todo se disolvió en ese instante de entrega consciente.

Afuera, la música cesó por un breve instante.

Como si el palacio mismo lo supiera:

Allí, la verdadera lujuria no gritaba, sino que susurraba.


© Cléia Fialho