Cuando vulgar es
la creciente lascivia,
te acoges a mi erguida virilidad
en la vorágine del exceso
que insufla las venas
de pujante poderío.
Te alimentas del fruto
que ante la caricia rezuma
y surgen alabanzas
exacerbadas de regocijo
en el brindis copulativo
de tu boca y mi cetro.
Te siento, te eyaculo
y te embriagas del mosto
de mí vivo y blanco espíritu
que en la luz de tus ojos
brilla como placer divino.
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“La belleza complace a los ojos; la dulzura encadena el alma” (Voltaire)