jueves, febrero 19, 2026

El Baile por Maia II.

Con el deseo de complacer
preparó la cita para el después,
una reunión cómplice
de miradas, sonrisas, intenciones
y secretos compartidos
piel a piel.


Mi Gratitud Maia por estar en Mi Baile y en el después.
Besos dulces con cariño. 

EL DÍA DESPUÉS DEL BAILE.

Cayó la tarde, lo hizo suave, sin apenas darme cuenta, las horas con Él pasan sin notarlo. Preparé arroz blanco y pollo al horno, -sé que le gusta-; y al sacarlo del horno lo observé, solo que no vi un refractario con comida, allí había dedicación, cuidado, tiempo escuchando sus preferencias, quizás hasta un agradable recuerdo que enlazaba con ese platillo, también estaba el deseo de complacer, de hacerlo sentir especial. Lo dejé asentarse un poco sobre la barra y fui a buscarlo.

Me acerqué al jardín, desde la puerta pude observarlo, su cuerpo lánguido echado sobre la mecedora; y Gurrumino descansando tranquilo sobre su pecho. Es atractivo, es carismático, tiene una forma de mirar que me enreda y me hace notar lo especial que soy para Él, algo tiene que me hace ir con cuidado; y mientras más insiste, más se activa esa pulsión que me dice -no caigas, es peligroso-.

A punto de llamarlo a comer vibró su móvil, lo traía en la mano, como esperando algo, lo atendió de inmediato. Se levantó lento, tan suave que al hacerlo, fue desenredando capas de sí, se acercó a mí, no pude evitar recorrerlo con la mirada, es un hombre pausado pero salta como felino cuando siente que estoy bajando la guardia — Maia, cariño... y entonces lo vi, tenía esa expresión y mirada que ya me conocía de antaño, sabía que venía una mentira reforzada con una expresión de falsa resignación y molestia, me llamó... -no lo dejé terminar- coloqué mi dedo índice en sus labios y lo hice callar, descifrarlo es sencillo, — dime algo , ¿por qué mentir cuando puedes hacerme partícipe de tus secretos?, de conocerme bien, quizás te sorprenderías, Él sonrió aceptando el reto.

No se fue, las chicas llegaron minutos después, Saraí trajo una pasta vegana deliciosa, la reunión se sucedió alargándose hasta entrada la madrugada. En algún momento de la noche se cruzaron nuestras miradas, Él me veía con dedicación; yo a Él con admiración, — Que no te asuste, -me dijo bajito- es tan detallado, a veces me descoloca, siento que me lee; y lo que ve no le asusta, a mí sí, un poquito.

Para, DUICE.

© Maia.

martes, febrero 17, 2026

El Baile por Cléia II.

Con seguridad eligió
el íntimo encuentro
en la Habitación Violeta
donde fue presa sin oposición
del dulce susurro
de la sumisión.
Obrigado Cleía.
Beijos doces.


EL DULCE SUSURRO DE LA SUMISIÓN - Acto 1

La invitación llegó en papel grueso, perfumada de misterio. Sin firma. Solo la fecha, el lugar —un antiguo palacio a orillas de un lago negro como el terciopelo— y una sola instrucción escrita con firme caligrafía:

Ven con máscara. Confía en mí.

Ella supo que era de Él. Siempre lo supo.

Desde el momento en que aprendió a reconocer, en su propio cuerpo, ese suave escalofrío que pedía no defensa, sino rendición.

En la noche señalada, el palacio ardía con luces ámbar. Las lámparas de araña multiplicaban las sombras en las paredes doradas, y la música —lenta, casi indecente— serpenteaba entre columnas de mármol. Hombres y mujeres ocultaban sus rostros bajo máscaras ricamente adornadas, como si allí todos pudieran ser quienes realmente eran, libres del peso de sus nombres.

Entró vestida de seda oscura, con un escote discreto pero peligroso. La máscara le cubría los ojos, y esto la hacía aún más vulnerable... y más deseable.

Lo sintió antes de verlo.

Su presencia no necesitaba rostro. Era una orden silenciosa. Cuando su mano rozó la curva desnuda de su espalda, tembló, no de sorpresa, sino de reconocimiento.

"Por fin", murmuró cerca de su oído. Su voz era baja, segura, irresistible.

No le preguntó si quería bailar. Simplemente la guió.

Y ella lo hizo.

En el centro del salón, giraban lentamente, como si el mundo se hubiera ralentizado solo para ellos. Cada paso que Él guiaba era un recordatorio: allí, esa noche, no necesitaba decidir. Solo necesitaba sentir. Solo necesitaba obedecer la corriente invisible que la atraía hacia su interior.

La sumisión no era humillación para ella.

Era descanso.

Cuando deslizó los dedos por su muñeca, apretándola suavemente, el gesto fue suficiente para que ella comprendiera: no era posesión, era un pacto. Un acuerdo silencioso entre el deseo y la confianza. "Esta noche, eres mía", dijo, no como una amenaza, sino como una promesa.

Ella bajó la cabeza. Un gesto mínimo. Definitivo.

La habitación parecía respirar con ellos. Miradas curiosas, envidiosas, hambrientas. Pero nada los conmovía. La lujuria allí no era vulgar; era densa, casi sagrada. Un exceso elegante, un pecado revestido de oro.

La condujo a una habitación más pequeña y apartada, donde unas cortinas pesadas filtraban la luz y el silencio era denso. Le quitó la máscara con ceremoniosa delicadeza, como quien revela un antiguo secreto.

"¿Confías en mí?", preguntó.

Ella no respondió con palabras. Solo cerró los ojos.

Y fue en ese simple gesto que se entregó por completo, no a su cuerpo, sino al dominio que Él ejercía con calma, respeto y deseo contenido. Un dominio que no exigía solo llamaba.

Afuera, el baile continuaba.

Pero para ella, el mundo ya se había rendido. Y en esa dulce entrega, no encontró la pérdida de sí misma, sino la forma más intensa de libertad y lujuria.



EL DULCE SUSURRO DE LA SUMISIÓN — Acto 2

No la tocó de inmediato.

Y eso fue precisamente lo que la encendió.

La distancia entre ellos se convirtió en un espacio cargado de electricidad. La observó como quien contempla algo que ya le pertenece, pero decide saborearlo lentamente. Cada segundo prolongado era una orden silenciosa, y ella sintió que su cuerpo respondía incluso antes que su mente.

"Quítate los guantes", dijo en voz baja, casi demasiado íntimo para ser una orden... y, sin embargo, imposible de ignorar.

Ella obedeció.

El sonido de la seda deslizándose entre sus dedos parecía demasiado fuerte en ese espacio cerrado. Cuando sus manos quedaron desnudas, también se sintió despojada de defensas invisibles.

Se acercó lo suficiente para que ella sintiera la calidez de su cuerpo, sin la comodidad del contacto. Se inclinó y su aliento rozó su cuello, lento, consciente.

"La sumisión", murmuró, "comienza cuando aceptas ser vista en tu totalidad".

Ella tembló. No por miedo.

Sino por verdad.

Le levantó la barbilla con un dedo, obligándola a sostenerle la mirada. No había prisa, ni brutalidad. Solo un control sereno, de esos que no necesitan demostrar fuerza.

"Aquí", continuó, "no perteneces al salón de baile, ni a las máscaras, ni a las miradas curiosas. Perteneces a la sensación de permitirte".

Sintió el dulce peso de esas palabras asentarse en su interior. No como una imposición, sino como el reconocimiento de algo que siempre había estado ahí, esperando permiso para florecer.

Cuando finalmente la tocó, fue mínimo: una mano firme en su cintura, acercándola. El gesto no buscaba el cuerpo, buscaba la rendición. Y llegó, natural, inevitable.

Apoyó la frente contra su pecho, en silencio.

Ese pequeño gesto era su invisible arrodillamiento.

A lo lejos, la música comenzó de nuevo, más lenta, más grave. El baile continuó. La lujuria latía en los pasillos, en miradas ocultas, en cuerpos rozándose bajo máscaras doradas.

Pero allí, en ese espacio cerrado, la verdadera seducción no estaba en el exceso, sino en el control.
En el placer contenido.
En la decisión consciente de rendirse.

Se inclinó de nuevo, ahora cerca de su oído:

"Esta noche, aprenderás que la sumisión no es debilidad..."

"...es confianza elevada al deseo."

Cerró los ojos.

Y sonrió.

Porque, por fin, comprendió:

No la estaban tomando.

La estaba abrazando el mismo abismo que siempre había querido explorar.

La envolvió en un abrazo lento y profundo, donde el mundo pareció suspendido. No fue necesario ningún otro gesto. El baile, las máscaras, el lujo: todo se disolvió en ese instante de entrega consciente.

Afuera, la música cesó por un breve instante.

Como si el palacio mismo lo supiera:

Allí, la verdadera lujuria no gritaba, sino que susurraba.


© Cléia Fialho 

domingo, febrero 15, 2026

El Baile por Tracy IV.

Dispuesta a bailar
dejó todo contratiempo
eligiendo la cita en El Salón
y al final de la fiesta
como un blanco cisne lució
en todo su esplendor.


Mi gratitud Tracy por aportar tu alegría.
Un beso dulce.

BAILE DE MÁSCARAS 2025 - 2026

Organizado por DULCE

Me ha llegado la invitación personal e intransferible, que agradezco muchísimo


La verdad es que me ha cogido en mal momento, porque estoy con un trancazo muy respetable y tendría que ir con mascarilla, en vez de Máscara, lo cual no es muy atractivo que digamos, además de hacer correr el peligro de caer todos malos.
Nos has dado para elegir, en esta primera copa, tres citas en:
La Habitación Violeta
El Confesionario
El Salón


Elijo la cita en el Salón porque me gusta bailar y un bonito salón es el lugar adecuado para sentirme a gusto.


Llegué de los últimos invitados.
El Salón estaba deslumbrante, me recordó a esas pinturas de bailes elegantes que se contemplan en las pinacotecas.
Algunas parejas bailaban al son de un vals, emulando a las propias notas de la partitura.


Otros con una copa en la mano disfrutaban del espectáculo.  Empecé a sentirme incómoda, me veía en medio de todos ellos con mi limonada en la mano porque el antibiótico que me estaba tomando no me permitía otra cosa.


Te buscaba con la mirada a través de unos ojos llorosos y una nariz congestionada, nunca me ha gustado llegar tarde a los sitios y está vez menos porque me sentía como el patito feo.


Pero, como por arte de magia, llegaste tú tan apuesto, tan señor, tan elegante... Y como adivinando mi sentir me ofreciste dos antifaces, para ocultar mis rojeces "catarriles".
Fue el momento más feliz de la fiesta 
¡Qué detallazo!


Sin dudarlo cogí el de la izquierda para ir a juego contigo. En ese momento sonaba un bolero, me tomaste suavemente por la cintura y tras un momento de "acoplar nuestras napias" me convertí en el cisne más bello que nunca podía haber imaginado


Ningún año me había sentido mejor en tus bailes.
He comprendido lo que tú decías en la invitación: 
" El momento del baile también es una buena ocasión para algo más que bailar".
Gracias por tu invitación.

© Tracy