Infaltable, puntual
llegó un año más al Baile
para la cita escogida.
De seda y cuero
se dirigió a El Confesionario
y bajo mi atenta mirada
me susurró su confesión.
Mi Gratitud Mi Querida Auro por no faltar a la cita.
Besos muy dulces.
Una Confesión Puntual
La puntualidad es una virtud que compartimos la invitación de Dulce y yo. Como cada fin de año hay una fiesta que celebrar en su Castillo durante la cual corre el champán, bailes con el anfitrión y hasta juegos tan divertidos como sexys donde el ingenio está servido entre miradas y susurros intencionados.
El atuendo atrevido siempre es una opción para el momento íntimo. ¿Cuál disfraz tocará está vez? Entre tules, sedas y cuero anda mi elección. Imagino a mi lado al Caballero dando su punto de vista ante cada prenda. Su mirada penetrante y su aceptación ante la resolución del dilema textil.
No puedo llegar tarde cuando el conjunto está solucionado, el maquillaje acabado y el peinado... ¡Ja, despeinado! Un taxi en la puerta me avisa con un toque de claxon de que es la hora. El taxista se apresura para abrir mi puerta antes de que llegue hasta él. Sus ojos y su boca tienen el mismo diámetro de sorpresa que espero provocar en Dulce. Un cuerpo de cuero negro y una falda de gasas moradas se deslizan dentro del coche. Solo doy la dirección y la noche se abre llena de emociones.
Ahí está este Castillo encantado. Me esperan aventuras que permanecerán de manera sempiterna entre sus arcanas paredes. La expectación está servida mientras desciendo la impresionante escalinata que me dirige hasta la caballerosa mano del anfitrión.
Sus ojos brillan tras la máscara seductora, los míos lucen tras el brillo de las lentejuelas. Creo haber acertado en la elección, no por ello el resto de las damiselas están exentas de belleza. Esta noche todo es divino, risa y encanto.
Si difícil fue elegir el disfraz más complicado será elegir la habitación en la cual un juego late dispuesto a ser disfrutado por ambas partes.
Observo a mi alrededor el bullicio que crece, las risitas alejándose por los largos pasillos hasta que un susurro se cuela en mi oreja y deja una pregunta coqueta:
- ¿Ya ha elegido la Señorita? ¿Acaso, necesita ayuda?
En ese instante lo veo claro. Necesito una confesión. Y así mismo se lo hago saber. No hace falta descubrir su rostro para adivinar la emoción que bulle bajo el antifaz.
La señal es al finalizar nuestro baile. El pasillo se abre lujosamente hasta plantarme frente a la puerta que reza como «Confesionario». Una vez dentro puedo respirar su perfume que me guía hasta un sillón confortable donde el Dulce Caballero espera para mi confesión.
El silencio envolvente se rompe con su voz, mis rodillas tocan el suelo y una mano protectora se posa sobre mi cabeza, la cual se hace nido sobre sus piernas.
- «Confieso haber imaginado una intimidad desbordada con Usted dándole protagonismo a mis manos, aves buscando el calor de su piel entre los ropajes, mis yemas como auténticas llamas
incendiarias dejan un reguero erizado allí donde se posan.
Confieso querer ser invidente para leer el lenguaje que revela cada parte de su cuerpo. Sentir y Sentirle haciendo poesía inscrita en el aíre con cada uno de sus suspiros.
Confieso el deseo de su indefensión bajo mi trémula carne y ser liberada de este pecado que arde dentro de mí.
Ruego me conceda la absolución, Dulce Caballero»
Salgo algo aturdida de este encuentro con la sensación de caminar flotando. Tomo una última copa antes de abandonar el Castillo, en el último sorbo siento su respiración en mi espalda y una nueva invitación:
- La espero el Año Próximo, Señorita.
Mi sonrojo hace una carrera hasta el taxi que ya espera al igual que el amanecer.
Lanzo un beso que Él captura en el aire y «DulceMente» lo lleva a sus labios.
© Auroratris

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“La belleza complace a los ojos; la dulzura encadena el alma” (Voltaire)