Con seguridad eligió
el íntimo encuentro
en la Habitación Violeta
donde fue presa sin oposición
del dulce susurro
de la sumisión.
Obrigado Cleía.
Beijos doces.
EL DULCE SUSURRO DE LA SUMISIÓN - Acto 1
La invitación llegó en papel grueso, perfumada de misterio. Sin firma. Solo la fecha, el lugar —un antiguo palacio a orillas de un lago negro como el terciopelo— y una sola instrucción escrita con firme caligrafía:
Ven con máscara. Confía en mí.
Ella supo que era de Él. Siempre lo supo.
Desde el momento en que aprendió a reconocer, en su propio cuerpo, ese suave escalofrío que pedía no defensa, sino rendición.
En la noche señalada, el palacio ardía con luces ámbar. Las lámparas de araña multiplicaban las sombras en las paredes doradas, y la música —lenta, casi indecente— serpenteaba entre columnas de mármol. Hombres y mujeres ocultaban sus rostros bajo máscaras ricamente adornadas, como si allí todos pudieran ser quienes realmente eran, libres del peso de sus nombres.
Entró vestida de seda oscura, con un escote discreto pero peligroso. La máscara le cubría los ojos, y esto la hacía aún más vulnerable... y más deseable.
Lo sintió antes de verlo.
Su presencia no necesitaba rostro. Era una orden silenciosa. Cuando su mano rozó la curva desnuda de su espalda, tembló, no de sorpresa, sino de reconocimiento.
"Por fin", murmuró cerca de su oído. Su voz era baja, segura, irresistible.
No le preguntó si quería bailar. Simplemente la guió.
Y ella lo hizo.
En el centro del salón, giraban lentamente, como si el mundo se hubiera ralentizado solo para ellos. Cada paso que Él guiaba era un recordatorio: allí, esa noche, no necesitaba decidir. Solo necesitaba sentir. Solo necesitaba obedecer la corriente invisible que la atraía hacia su interior.
La sumisión no era humillación para ella.
Era descanso.
Cuando deslizó los dedos por su muñeca, apretándola suavemente, el gesto fue suficiente para que ella comprendiera: no era posesión, era un pacto. Un acuerdo silencioso entre el deseo y la confianza. "Esta noche, eres mía", dijo, no como una amenaza, sino como una promesa.
Ella bajó la cabeza. Un gesto mínimo. Definitivo.
La habitación parecía respirar con ellos. Miradas curiosas, envidiosas, hambrientas. Pero nada los conmovía. La lujuria allí no era vulgar; era densa, casi sagrada. Un exceso elegante, un pecado revestido de oro.
La condujo a una habitación más pequeña y apartada, donde unas cortinas pesadas filtraban la luz y el silencio era denso. Le quitó la máscara con ceremoniosa delicadeza, como quien revela un antiguo secreto.
"¿Confías en mí?", preguntó.
Ella no respondió con palabras. Solo cerró los ojos.
Y fue en ese simple gesto que se entregó por completo, no a su cuerpo, sino al dominio que Él ejercía con calma, respeto y deseo contenido. Un dominio que no exigía solo llamaba.
Afuera, el baile continuaba.
Pero para ella, el mundo ya se había rendido. Y en esa dulce entrega, no encontró la pérdida de sí misma, sino la forma más intensa de libertad y lujuria.
EL DULCE SUSURRO DE LA SUMISIÓN — Acto 2
No la tocó de inmediato.
Y eso fue precisamente lo que la encendió.
La distancia entre ellos se convirtió en un espacio cargado de electricidad. La observó como quien contempla algo que ya le pertenece, pero decide saborearlo lentamente. Cada segundo prolongado era una orden silenciosa, y ella sintió que su cuerpo respondía incluso antes que su mente.
"Quítate los guantes", dijo en voz baja, casi demasiado íntimo para ser una orden... y, sin embargo, imposible de ignorar.
Ella obedeció.
El sonido de la seda deslizándose entre sus dedos parecía demasiado fuerte en ese espacio cerrado. Cuando sus manos quedaron desnudas, también se sintió despojada de defensas invisibles.
Se acercó lo suficiente para que ella sintiera la calidez de su cuerpo, sin la comodidad del contacto. Se inclinó y su aliento rozó su cuello, lento, consciente.
"La sumisión", murmuró, "comienza cuando aceptas ser vista en tu totalidad".
Ella tembló. No por miedo.
Sino por verdad.
Le levantó la barbilla con un dedo, obligándola a sostenerle la mirada. No había prisa, ni brutalidad. Solo un control sereno, de esos que no necesitan demostrar fuerza.
"Aquí", continuó, "no perteneces al salón de baile, ni a las máscaras, ni a las miradas curiosas. Perteneces a la sensación de permitirte".
Sintió el dulce peso de esas palabras asentarse en su interior. No como una imposición, sino como el reconocimiento de algo que siempre había estado ahí, esperando permiso para florecer.
Cuando finalmente la tocó, fue mínimo: una mano firme en su cintura, acercándola. El gesto no buscaba el cuerpo, buscaba la rendición. Y llegó, natural, inevitable.
Apoyó la frente contra su pecho, en silencio.
Ese pequeño gesto era su invisible arrodillamiento.
A lo lejos, la música comenzó de nuevo, más lenta, más grave. El baile continuó. La lujuria latía en los pasillos, en miradas ocultas, en cuerpos rozándose bajo máscaras doradas.
Pero allí, en ese espacio cerrado, la verdadera seducción no estaba en el exceso, sino en el control.
En el placer contenido.
En la decisión consciente de rendirse.
Se inclinó de nuevo, ahora cerca de su oído:
"Esta noche, aprenderás que la sumisión no es debilidad..."
"...es confianza elevada al deseo."
Cerró los ojos.
Y sonrió.
Porque, por fin, comprendió:
No la estaban tomando.
La estaba abrazando el mismo abismo que siempre había querido explorar.
La envolvió en un abrazo lento y profundo, donde el mundo pareció suspendido. No fue necesario ningún otro gesto. El baile, las máscaras, el lujo: todo se disolvió en ese instante de entrega consciente.
Afuera, la música cesó por un breve instante.
Como si el palacio mismo lo supiera:
Allí, la verdadera lujuria no gritaba, sino que susurraba.
© Cléia Fialho

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“La belleza complace a los ojos; la dulzura encadena el alma” (Voltaire)