sábado, mayo 16, 2026

Séptimo Mandamiento.

Bien sabemos que, al ser parte de algo público, como son las redes sociales en Internet, nos exponemos al juicio de cualquiera o incluso al robo de aquello que publicamos y que como en mi caso, es creado por mí, como son mis poemas y relatos.  No hay mucha protección tampoco en este mundo informático dado que los inescrupulosos toman lo que les viene en gana y le ponen sus nombres publicándolos como si fueran suyos. 

No es primera vez que me plagian y roban algo, y quién sabe si hay más por allí que yo ignore. Pero cuando me entero me gusta dejar constancia de quien me ha robado. Porque no es un pecado no saber escribir poemas o relatos, lo es cuando robas algo ajeno y lo expones como propio. Estás tomando algo que no te pertenece y de paso demuestras tu propia falta de creatividad y de honradez, no solo hacia quien le has robado, sino también hacia ti mismo o misma.

Puedes llenar perfiles con poemas ajenos y poner portadas modificadas, puedes ponerle el nombre que otro ha creado y puedes robar fotos ajenas para hacerlas pasar como tuyas y recibir likes y halagos, pero en el fondo nada de eso es tuyo, nada has creado, no has hecho un mínimo esfuerzo en demostrar algo de inteligencia, solo estás robando lo ajeno y quien lo hace ya sabemos el apelativo que lleva.

Y al final del día, lejos de avatares en las redes, de publicaciones y likes, qué queda? Al parecer no mucho, o tal vez nada. 

Mi portada robada y modificada, así como el nombre de mi blog usurpado.

Un diseño mío para un poema de mi autoría con mi nombre y sello borrados.

Un poema de mi autoría publicado sin mi permiso ni mi nombre,
y lo demás que les parezca familiar por supuesto también es robado.

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“La belleza complace a los ojos; la dulzura encadena el alma” (Voltaire)