Hay un clamor
que invade con ímpetu
la debilidad íntima
de las obscuras horas,
como el vino embriaga con impiedad
e ignora toda moral
fermentada en la espuria.
Un clamor
que envuelve con plácida dulzura
y seduce con ensoñaciones impuras
al tomar masculina forma,
y sin tocar siquiera
desflora a la damascena de su decencia
para poseerla impúdica,
al igual que el mar embravecido
golpea el risco sin renuncia.
Clamor que se expande
conquistando tierras lejanas
donde reino y horado votos
que supuran mieles
ante mi soberanía.

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“La belleza complace a los ojos; la dulzura encadena el alma” (Voltaire)