Cumplir 15 años puede significar estar en la flor de la vida y para un blog significa constancia, creatividad y un largo recorrido. Mi blog cumple 15 años hoy, que no son pocos en esto de escribir, una aventura que comenzó sin un rumbo definido y que fue tomando forma poco a poco hasta plasmar lo que soy de la manera que me gusta hacerlo.
15 años de versos compartidos que han ido dejando huella y en algunos casos trascendiendo las fronteras blogueras. Porque cuando ves que tus versos o diseños con tus poemas están publicados a nombre de otros en otras redes, incluso mi portada (alterada con muy mal gusto), no deja de ser también una forma de reconocer nuestro talento, el que otros roban porque no pueden igualarlo. A pesar de ello, lo que prima es la grata compañía en este viaje de 15 años, vuestro reconocimiento y cariño demostrado en comentarios, regalos y el afecto que perdura año tras año. Por todo ello les doy Mi Gratitud por seguir junto a mí.
Y aprovechando este Cumple Blog, dejaré atrás mi avatar ya clásico de la chica y la piruleta, el cual se prestó para simpáticos malos entendidos, como que muchas y muchos pensaran que soy chica, hasta el día de hoy alguno lo cree. Pero es un buen momento para cambiar.
Todos los poemas y relatos expuestos en mi blog, son de mi autoría, exceptuando aquellos que he recibido como regalo y que en su defecto llevan el nombre del autor al pie. Si alguien quiere llevarse alguno para publicarlo en otro sitio, puede contactarme al correo que aparece en mi perfil o dejarme un comentario aquí. Y si, se lo lleva sin autorización, al menos espero y solicito que se ponga el nombre del autor y no se induzca a un error al lector de pensar que dicho poema fue escrito por quien lo publica.
El respeto siempre es algo que nos dignifica y nos retrata, más si tomamos lo ajeno sin permiso es de buena educación dar crédito al autor o dueño de aquello que publicamos.
La invitación había sido cursada en nuestro último encuentro, nos conocíamos desde hace ya un tiempo, recuerdo bien la noche en que la vi en Skeleton Moon, lugar al que llegué siguiendo la música que provenía desde el interior, la melodía de "The killing moon", el tema de los Bunnymen, pero aquella no era la voz de McCulloch, sino que, cantaba una chica. La curiosidad me llevó a entrar.
Ya en el interior, disfrutando de esos oscuros sonidos fue cuando la divisé. Una chica vestida de negro, una chica gótica que bailaba como si no tocara el suelo con los ojos cerrados, pero cuando los abrió, sus ojos azules brillaron entre los claroscuros del club.
Estaba con esos recuerdos en mi mente cuando la veo entrar al Salón con una camisa negra de manga larga y un vestido con vuelo de color rojo que se ajustaba a su cintura con un corsé de cordones negros entrelazados, medias negras con liguero y unos zapatos negros de tacón alto con encajes. Al cuello un collar con perlas negras colgantes y un sombrero igualmente negro. Su máscara dorada llevaba una rosa negra al costado y sus labios intensamente rojos eran la perfecta provocación sobre su tez pálida. Ya no era aquella chica universitaria que había conocido por entonces, pero conservaba todo su encanto y más.
— Gracias por venir Angy. La saludé al tiempo que besé su mano derecha, ella me sonrío con coquetería regalándome una tarjeta de reconocimiento por acudir a su cumpleaños el año anterior.— Mi gratitud por esta bella tarjeta, Mi zorrita. Angy se ruborizó ante mi atrevimiento y la invité a bailar. — Bailamos?. La orquesta interpretó aquella canción con la cual nos conocimos.
Era agradable bailar con Angy nuevamente, parecíamos flotar en cada paso y pronto hacíamos coreografías, la cogía de la mano y ella giraba sobre su eje, fue hacer ese movimiento y la música pareció ser nuestra cómplice concluyendo al mismo instante en que ella dejaba de girar y se dejaba caer entre mis brazos.
Angy abrió sus ojos azules como si el mismo cielo se abriera ante mí y suavemente se acercó a mi oído diciéndome: — Dulce Caballero, he traído también el regalo que me hizo para mi cumpleaños. Entonces esta vez fui yo quien sonrío y mis pupilas se dilataron. — Qué lugar elegiste para la cita, Angy?. — Me he tomado la libertad de elegir una habitación que no estaba entre las opciones. Me dijo con su voz en tono mimoso y aniñada. — He elegido la Doll Room, si a usted no le molesta. Me permite un momento, Caballero?. Asentí complacido ante su petición y Angy subió por las escaleras dedicándome una mirada pícara al voltear mientras se perdía en la segunda planta.
Las invitadas seguían disfrutando del Baile y las citas ya terminaban, pero dónde fue Angy?. Luego de unos minutos sin verla por ningún lado, subí a las habitaciones y me dirigí a la escogida por ella. Cuando abrí la puerta de la Doll Room Angy estaba sobre la cama rosa y llevaba aquel regalo tan especial que le hice en su cumpleaños. Se había despojado de su atuendo, solo había dejado el collar y ahora llevaba unas orejas en lugar del sombrero y me dijo. — Su zorrita lo estaba esperando Dulce Caballero.
Mi Gratitud Querida Ginebra por regalarme esta cita.
Dulces besos cariñosos.
Confieso
Y he de confesar(te) que la piel no pudo olvidarte; fiel deseo que fluctúas en tan vívido aquelarre de este fuego de la carne que no sabe; no quiere someterse al olvido de ese abismo donde morir y respirarte.
Latiente y pedigüeño —me falta el aire—; son tus manos macerando mi cabello, y mis rodillas…, en el suelo.
༄Yo me confieso༄ como néctar que fluctúa y se derrama entre mis labios.
—Y tú tan firme y dueño; tan preso y tan dentro de mí—.
No se decide a entrar entre el gentío, las copas y las risas. Percatándose de su indecisión el dulce caballero de la mansión se acerca lentamente y situándose tras ella acerca el rostro a su cuello.
Ella imagina y cuenta la distancia entre el rostro del anfitrión y su piel... Tres milímetros, dos, uno... No lo sabe y tampoco se mueve para comprobarlo, sólo juega con la fantasía.
Él toma los dorsos de sus manos y enlazando sus dedos, las lleva sigilosamente a sus caderas, las desliza, descienden y ascienden queriendo iniciar un baile mientras llegan a una meta imaginaria en su pecho, que no alcanza.
Ella imagina y cuenta la distancia de nuevo... tres milímetros, dos, uno...
Detiene el primer contador cuando los labios rozan el primer tirante y lo acompañan hasta el abismo del hombro donde se desmorona en caida libre. El segundo contador se detiene súbitamente tras sentir el mapeo que los labios realizan desde el hombro hacia la nuca y notar la sigilosa aproximación al segundo tirante... tres milímetros, dos, uno...
Ella no curiosea el baile. Ella ya no contempla el mar...