jueves, febrero 05, 2026

El Baile por Campirela IX.

Un encuentro de magia
acontecido en el Salón
y un juego seductor
para sorprender al anfitrión,
silencios y miradas
reinaron en la noche
en que algo nuevo comenzó.


Mi gratitud Campirela por traer tu sensualidad a Mi Baile.
Besos dulces.


Baile de Máscaras en el Salon 2025-2026

Un año más, nuestro anfitrion nos ha dejado una invitación a su Baile de Máscaras de fin de año.

El Castillo no puede estar más concurrido de bellas damas, y esa aura que rodea todo el misterio que allí dentro se condensa, Música, Manjares, Delicadeces, Conversaciones, y quién sabe si en alguna sala haya magia, donde la sensualidad, erotismo, y seducción llegan a los límites permitidos por ellos mismos.
Se abre la puerta Aquí, podéis sentir, la creatividad y sensibilidad de sus invitadas. Entrad, cerrar los ojos y disfrutar...

                       


                                  Mi Baile en el Salón


Aquella invitación del Señor del castillo llegó en el momento exacto, como si hubiera estado esperándola sin saberlo. Solo le había visto una vez, en el mercado medieval. Le observé desde lejos, y aun así su presencia me atravesó, misteriosa, elegante, casi peligrosa. Desde entonces, las historias sobre él me perseguían.
Cuando pensé en ese deseo, él se giró. Sus ojos encontraron los míos con una precisión inquietante. Sentí un estremecimiento que me recorrió entera, como si me hubiera tocado sin acercarse.
Y entonces llegó la invitación, en un sobre lacrado con mi nombre grabado a fuego.
¿Cómo supo él quién era yo?
Quizá siempre lo supo.
Entré en el castillo sin prisa, como si mis pasos conocieran un ritmo antiguo. No buscaba llamar la atención, pero mi presencia parecía abrir un pequeño silencio a mi alrededor, un espacio donde las miradas se detenían sin quererlo.
Él me observaba desde la distancia. Lo sentí antes de verlo.
Una atracción silenciosa, un tirón suave, pero firme, como si algo en mí lo hubiera descolocado.
Respiro.
Camino.
Me deslizo por el salón con una naturalidad que no finjo.
Y sé que él me sigue con la mirada.
El salón es un universo de luces, máscaras y música sensual. Todo brilla, todo respira, todo invita. Pero, aun así, siento que él solo ve una cosa, a mí.
Cuando se acerca, lo hace sin darse cuenta de que ha abandonado una conversación a medias.
Yo no digo nada.
Solo lo miro.
Una mirada tranquila, segura, que no necesita adornos.
—¿Me concede este baile? —pregunta, y su voz suena distinta.
Acepto con un gesto mínimo, casi imperceptible, pero cargado de intención.
En el centro del salón, cuando sus manos rozan la desnudez de mi espalda, algo se enciende.
No es la música.
No es el ambiente.
Es la forma en que me mira, como si estuviera descubriendo un secreto que no sabía qué quería conocer.
Él, acostumbrado a dominar cada situación, siente que soy yo quien marca el ritmo.
Y lo nota.
Y le sorprende.
Y le atrae.
No hablamos.
No hace falta.
El lenguaje está en la respiración, en la distancia exacta entre nuestros cuerpos, en la tensión suave que se forma cada vez que mis dedos rozan los suyos.
El tiempo se detiene para nosotros.
El baile se vuelve un diálogo silencioso, una invitación que ninguno de los dos pronuncia, pero ambos lo entendemos.
Cuando la música termina, él se inclina para agradecerme.
Yo sonrío detrás de la máscara.
Una sonrisa leve, casi invisible… pero suficiente para que él respire más hondo, como si algo dentro de él se hubiera desordenado.
—Ha sido un honor —dice, intentando recuperar su compostura.
No respondo.
Mi silencio es parte del juego.
Doy un paso atrás.
Luego otro.
Y otro más.
No huyo.
No me escondo.
Simplemente, dejo que el salón me envuelva, como si las sombras y las luces me reconocieran como parte de ellas.
Cuando él intenta seguirme, ya no estoy.
No queda perfume.
No queda rastro.
Solo el eco de mi presencia, como una nota suspendida en el aire.
Sobre una mesa —donde él jura que yo no pasé— descansa una pequeña tarjeta.
Un símbolo antiguo, casi arcano, dibujado con precisión.
Y debajo, escrito con una caligrafía impecable.
“Gracias por dejarte sorprender.”
Siente un vuelco en el pecho.
No entiende por qué lo elegí.
Sé que quiere más.
Y también sé que esto no ha terminado.
Regreso a mi realidad con una sonrisa que solo yo conozco.
Aquel hombre queda atrás…
Una noche en aquel castillo nunca se olvida.

© Campirela_

martes, febrero 03, 2026

Alice.

Hace ya un tiempo que todo había dejado de ser una idea de su hermana para ser una realidad y una realidad que no podía ser ignorada por nadie que habitara por estos lares. Menos aún por mí. Un año más sería parte de esta celebración internacional y no quería estar ausente por ningún motivo.

- No es así mi amigo gato?. Ey!, tu bostezo no parece ser una agradable respuesta. Cualquiera pensaría que estoy loco hablando con un gato, pero es que la semana de Alice, ya ha comenzado!.

Preparé mi mejor traje, sin olvidar mi alto sombrero de copa, un Caballero que se precie de tal no puede abandonar su sombrero. O acaso piensan que por usarlo estoy loco?. No se engañen por ello, un buen sombrero no puede faltar en toda persona que quiera disfrutar de un poco de locura. Bueno, sí, algo loco estoy, no lo niego.

Antes de acudir a la fiesta, debía llevar un regalo, fui a mi jardín y corté la flor más bella de color verdoso, como los ojos de Alice. Sí, Alice, que esta semana estaba muy ocupada con tantos participantes en su día. Miré mi reloj de bolsillo, ya era la hora. 

El conejo blanco apareció puntual para guiarme por la madriguera, entonces caí por un laberinto cuyo final era la casa de la festejada.

Cuando llegué a su no cumpleaños la tarta de chocolate, su favorita, esperaba en la mesa, para el té junto a los comensales. Y allí estaba Alice, que al verme abrió sus grandes ojos verdes que embellecían más su rostro de gata. Me quité mi sombrero saludándola y le entregué mi regalo.

- Querida Alice, esta flor del color de tus ojos posee el don de cumplir deseos. Feliz no cumpleaños Alice!, que todos tus deseos se cumplan, siempre.

El Dulce Sombrerero.

Marcelo Ventura

Relato que forma parte de la propuesta "Cayendo por la madriguera del conejo blancode Dafne Sinedie, para la convocatoria semanal "Un jueves, un relato". Y parte de La Semana de Alice del Blog de Dafne.

domingo, febrero 01, 2026

El Baile por Mag VII.

Regresó a Mis Dominios
donde no hay espacio para el olvido
con la prestancia de siempre,
con el sentimiento presente
para un último compás
que sigue vibrando en su latido.

Mi Gratitud, Mi Estimada Magda por volver a ser parte de Mi Baile.
Beso dulce con mi cariño.  

El Último Compás…

Hacía más de un año que no acudía al castillo de Monsieur Dulce. No quería hacerlo a lo grande, más bien del mismo modo en el que me había ido.
No en un silencio sepulcral, pero sí en una ausencia tañida de cierta nostalgia. 

Mis pasos sonaban huecos y mi vestido arrastraba sobre la brillante madera del suelo. El corazón me latía con fuerza y una especie de espiral blandía en mi estómago.

Había pasado el tiempo suficiente para que, tal vez, se hubiera olvidado de mí, pero el momento del baile también podía ser una buena ocasión para algo más que bailar.
No sería pasión, sería redescubrimiento.
Sería latido… sin pulsión.
Un encuentro de miradas y, sí, también, de sensaciones que no necesitan nombre para existir.

Crucé el umbral y el salón me envolvió con su aire cálido y la música que todavía parecía retener el eco de los pasos anteriores. Allí estaba Él, girando suavemente con otra. Ella levantó la vista y me encontró, pero Él no; su atención estaba dirigida a otro lugar, a otro compás que no era el mío.

Por un instante me quedé quieta, dejando que la escena me alcanzara en su totalidad: los movimientos medidos, la risa contenida de la otra, la indiferencia involuntaria de Él; su mirada estaba fija en otro compás, en un instante que no me incluía. No sentí sorpresa ni celos, solo un reconocimiento de lo que había sido y aún era: un espacio que yo conocía, ahora habitado por otra presencia.

Respiré hondo y me permití avanzar un paso, apenas uno, calculando la distancia que me separaba de lo que deseaba tocar sin tocar. Cada giro de ellos parecía dibujar líneas invisibles entre nosotros, tensas y precisas, recordándome que aún podía decidir cómo entrar en aquel baile, aunque todavía no fuera el mío. 
 

La música flotaba espesa, con un grave sostenido, cuerdas bajas, casi un susurro que obligaba a acercarse para escucharlo. Un vals lento, oscuro, de esos que no invitan a girar, sino a deslizarse, como si el aire mismo se moviese al compás.  La máscara ocultaba lo evidente y revelaba lo esencial.

—Pensé que no volverías —dijo, sin mirarme aún, apenas un soplo que se perdió entre los acordes.

No respondí. No hacía falta.
Su mano encontró mi espalda con una delicadeza aprendida, no conquistada.  No buscó, no apretó. Esperó.
Solo entonces me permití acercarme un poco más, lo justo para que el espacio entre ambos dejara de ser seguro; ese espacio mínimo donde el cuerpo recuerda antes que la memoria… La tela, el calor, la respiración ajena marcándome el ritmo. 


Bailamos.
Lento. Medido.
El cuerpo entendiendo antes que la cabeza.

Un roce de dedos al girar, más tiempo de lo necesario. La presión suave de su palma guiando el paso, mi respiración acompasándose a la suya. Nada desbordado. Todo contenido. Una pregunta que no debía formularse en voz alta. Yo no retiré la mano. Tampoco la apreté.

Y en ese vaivén lento comprendí que algunas ausencias no son huida, sino promesa aplazada. Que volver no siempre significa quedarse, pero sí atreverse a sentir de nuevo.
No es olvido, sino reserva.
Que hay deseos que no buscan consumirse, sino permanecer tensos, vivos, exactos. 

Cuando la música murió, el silencio quedó suspendido entre nosotros. El abrazo se deshizo despacio, con una última cercanía que rozó la promesa.
Él dio un paso atrás. Solo uno. El suficiente.
Otras manos lo reclamaron, otras máscaras, otras presencias que no podían esperar.
Antes de girarse, alzó la mirada.
No fue despedida. Fue sostén.
Un hilo tenso entre dos cuerpos que ya no se tocaban.

Nada había cambiado… 
y, aun así, aquella mirada quedó suspendida, latiendo sola, mientras la música volvía a reclamarlo.

Solo un baile: el Baile de máscaras.

© Mag


 Imágenes del texto generadas por gemini @©ɱâğ