martes, febrero 03, 2026

Alice.

Hace ya un tiempo que todo había dejado de ser una idea de su hermana para ser una realidad y una realidad que no podía ser ignorada por nadie que habitara por estos lares. Menos aún por mí. Un año más sería parte de esta celebración internacional y no quería estar ausente por ningún motivo.

- No es así mi amigo gato?. Ey!, tu bostezo no parece ser una agradable respuesta. Cualquiera pensaría que estoy loco hablando con un gato, pero es que la semana de Alice, ya ha comenzado!.

Preparé mi mejor traje, sin olvidar mi alto sombrero de copa, un Caballero que se precie de tal no puede abandonar su sombrero. O acaso piensan que por usarlo estoy loco?. No se engañen por ello, un buen sombrero no puede faltar en toda persona que quiera disfrutar de un poco de locura. Bueno, sí, algo loco estoy, no lo niego.

Antes de acudir a la fiesta, debía llevar un regalo, fui a mi jardín y corté la flor más bella de color verdoso, como los ojos de Alice. Sí, Alice, que esta semana estaba muy ocupada con tantos participantes en su día. Miré mi reloj de bolsillo, ya era la hora. 

El conejo blanco apareció puntual para guiarme por la madriguera, entonces caí por un laberinto cuyo final era la casa de la festejada.

Cuando llegué a su no cumpleaños la tarta de chocolate, su favorita, esperaba en la mesa, para el té junto a los comensales. Y allí estaba Alice, que al verme abrió sus grandes ojos verdes que embellecían más su rostro de gata. Me quité mi sombrero saludándola y le entregué mi regalo.

- Querida Alice, esta flor del color de tus ojos posee el don de cumplir deseos. Feliz no cumpleaños Alice!, que todos tus deseos se cumplan, siempre.

El Dulce Sombrerero.

Marcelo Ventura

Relato que forma parte de la propuesta "Cayendo por la madriguera del conejo blancode Dafne Sinedie, para la convocatoria semanal "Un jueves, un relato". Y parte de La Semana de Alice del Blog de Dafne.

domingo, febrero 01, 2026

El Baile por Mag VII.

Regresó a Mis Dominios
donde no hay espacio para el olvido
con la prestancia de siempre,
con el sentimiento presente
para un último compás
que sigue vibrando en su latido.

Mi Gratitud, Mi Estimada Magda por volver a ser parte de Mi Baile.
Beso dulce con mi cariño.  

El Último Compás…

Hacía más de un año que no acudía al castillo de Monsieur Dulce. No quería hacerlo a lo grande, más bien del mismo modo en el que me había ido.
No en un silencio sepulcral, pero sí en una ausencia tañida de cierta nostalgia. 

Mis pasos sonaban huecos y mi vestido arrastraba sobre la brillante madera del suelo. El corazón me latía con fuerza y una especie de espiral blandía en mi estómago.

Había pasado el tiempo suficiente para que, tal vez, se hubiera olvidado de mí, pero el momento del baile también podía ser una buena ocasión para algo más que bailar.
No sería pasión, sería redescubrimiento.
Sería latido… sin pulsión.
Un encuentro de miradas y, sí, también, de sensaciones que no necesitan nombre para existir.

Crucé el umbral y el salón me envolvió con su aire cálido y la música que todavía parecía retener el eco de los pasos anteriores. Allí estaba Él, girando suavemente con otra. Ella levantó la vista y me encontró, pero Él no; su atención estaba dirigida a otro lugar, a otro compás que no era el mío.

Por un instante me quedé quieta, dejando que la escena me alcanzara en su totalidad: los movimientos medidos, la risa contenida de la otra, la indiferencia involuntaria de Él; su mirada estaba fija en otro compás, en un instante que no me incluía. No sentí sorpresa ni celos, solo un reconocimiento de lo que había sido y aún era: un espacio que yo conocía, ahora habitado por otra presencia.

Respiré hondo y me permití avanzar un paso, apenas uno, calculando la distancia que me separaba de lo que deseaba tocar sin tocar. Cada giro de ellos parecía dibujar líneas invisibles entre nosotros, tensas y precisas, recordándome que aún podía decidir cómo entrar en aquel baile, aunque todavía no fuera el mío. 
 

La música flotaba espesa, con un grave sostenido, cuerdas bajas, casi un susurro que obligaba a acercarse para escucharlo. Un vals lento, oscuro, de esos que no invitan a girar, sino a deslizarse, como si el aire mismo se moviese al compás.  La máscara ocultaba lo evidente y revelaba lo esencial.

—Pensé que no volverías —dijo, sin mirarme aún, apenas un soplo que se perdió entre los acordes.

No respondí. No hacía falta.
Su mano encontró mi espalda con una delicadeza aprendida, no conquistada.  No buscó, no apretó. Esperó.
Solo entonces me permití acercarme un poco más, lo justo para que el espacio entre ambos dejara de ser seguro; ese espacio mínimo donde el cuerpo recuerda antes que la memoria… La tela, el calor, la respiración ajena marcándome el ritmo. 


Bailamos.
Lento. Medido.
El cuerpo entendiendo antes que la cabeza.

Un roce de dedos al girar, más tiempo de lo necesario. La presión suave de su palma guiando el paso, mi respiración acompasándose a la suya. Nada desbordado. Todo contenido. Una pregunta que no debía formularse en voz alta. Yo no retiré la mano. Tampoco la apreté.

Y en ese vaivén lento comprendí que algunas ausencias no son huida, sino promesa aplazada. Que volver no siempre significa quedarse, pero sí atreverse a sentir de nuevo.
No es olvido, sino reserva.
Que hay deseos que no buscan consumirse, sino permanecer tensos, vivos, exactos. 

Cuando la música murió, el silencio quedó suspendido entre nosotros. El abrazo se deshizo despacio, con una última cercanía que rozó la promesa.
Él dio un paso atrás. Solo uno. El suficiente.
Otras manos lo reclamaron, otras máscaras, otras presencias que no podían esperar.
Antes de girarse, alzó la mirada.
No fue despedida. Fue sostén.
Un hilo tenso entre dos cuerpos que ya no se tocaban.

Nada había cambiado… 
y, aun así, aquella mirada quedó suspendida, latiendo sola, mientras la música volvía a reclamarlo.

Solo un baile: el Baile de máscaras.

© Mag


 Imágenes del texto generadas por gemini @©ɱâğ

jueves, enero 29, 2026

El Baile por Mujer de Negro V.

Regresó desde el silencio
atendiendo al requerimiento
del Caballero oscuro
y siguiendo un camino conocido
llegó a Mis Dominios
para cumplir la cita deseada.


Mi gratitud Mujer de Negro por volver a Mi Baile.
Besos dulces.


El castillo del León


Caminé sin prisa, la noche se había cerrado delante de mí; y ante tanta oscuridad las sombras fueron cayendo con lentitud, solo el sonido de los stilettos y algunos gorjeos de murciélagos que revoloteaban al aire cortaban el silencio de las callejas vacías, continué en línea unos minutos más, el camino seguía igual, estéril, lúgubre, tan desolador que erizaba la piel, empecé a dudar si llegaría a mi destino, con el cielo casi negro, era imposible saber si en algún punto me había equivocado. 

De mi lado izquierdo apareció un hombre, o quizás era una silueta, una sombra, podría ser producto de mi imaginación o desespero. — ¿Me puedes ayudar?, ¿este es el camino hacia el castillo del León?, no emitió sonido, pero sentí su voz como muchas voces, su rostro como mil más y a la vez ninguno, intenté hablar; y su dedo índice silencio mis labios, sin tocarme, sentí su roce, señaló una pequeña desviación al costado izquierdo; y me susurró en silencio, — Te prometo que en su momento, cuando lleguen tus pasos a mis dominios [llegarás, no lo dudes], te estaré esperando; y en un beso casi infinito sentirás cuánto te he extrañado; y se desvaneció como había llegado. 

No intenté buscarlo, no era necesario, su voz, su rostro, su mirada, todo en ese hombre que parecía desprendido de la nada me recordó a un mismo hombre; y de ser así [como ya lo dijo] me estaría esperando. 

Seguí su guía; y cuando alcancé el recodo señalado, un jardín secreto apareció, con flores multicolor formando un íntimo sendero ascendente, que iluminado por la luna se abría cálido ante mí. El trayecto se volvió tranquilo, sin viento, sin oscuridad, el velo del anochecer se había disipado y en su lugar dejó caer las luces tenues proyectadas desde la redondez de la luna. 

Sobre la colina, la amplia puerta principal custodiada por cuatro Leones se abrió con gentileza, del interior del castillo manaba una suave melodía que acariciaba el alma 

El Caballero Oscuro reposaba con suavidad en una de las columnas al pie de la escalera, con los pies cruzados al igual que los brazos, la cabeza inclinada ligeramente hacia su izquierda, su mirada profunda, vibrante protegida por un antifaz que lo volvía seductor, e irresistible, más aún de lo que ya lo era. Se acercó a recibirme, su mano cálida sosteniendo la mía hizo posible que todo alrededor se desvaneciera; y delante solo quedó la puerta, esa puerta que había elegido y al contacto con mis manos se abrió sugerente. 

— Al final te decidiste por el salón ... sabía que lo harías, ¡entremos!, por cierto, mi niña ... ¿recibiste mi mensaje?.

Su mensaje... aquella silueta protectora que, desde la oscuridad me indicó el camino.


Siempre que me sea posible estaré presente en tu baile de fin de año, mi Caballero Oscuro.
Gracias por la invitación.

 © Mujer de Negro